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 Los orígenes del mundo conocido

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Kerrel
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Fecha de inscripción : 15/06/2008

MensajeTema: Los orígenes del mundo conocido   Mar Jun 17, 2008 2:54 pm

En el principio, Dios creó el Cielo y la Tierra.
Y ya que estaba en ello, aprovechó para crearse a Sí mismo.

Había una vez...
Había una vez, hace unos dieciséis mil millones de años, en la nada absoluta, en la ausencia total de todo...

En ese no-espacio, en esa nada total, surgió una Idea, un Pensamiento que se alzó en mitad de una explosión de silencio. Un Concepto tan poderoso que creció desmesuradamente extendiéndose de un extremo al otro de Su propia creación. Y ahora mismo, cuando estás leyendo esto, sigue Su expansión, más allá de las cuatro dimensiones espaciales, más allá de los mundos físicos, allá lejos, en las Marcas Intermedias.

Esta Idea de base, que ni siquiera tenía conciencia de su ser, sintió un día, más o menos tras una docena de miles de millones de años, la necesidad de existir. Para ello, tras haber creado las majestuosas estrellas, los soles que agujerean la oscuridad, los pulsars y quasars que en el futuro serían los faros encargados de guiar las naves espaciales del futuro y los planetas en los que debía desarrollarse la vida, la Idea decidió crear seres poderosos y dar a cada uno un Nombre y una Forma.

Pero, para hacer las cosas bien, la Idea necesitaba también Nombre y Aspecto. Creó entonces un Ser, que no sería la más poderosa de sus criaturas, pero sí la más sabia. Y este Ángel, este primer-nacido dió Forma y Nombre a la Idea. No le dio un nombre único, sino que le dio cien. Y el centeavo fue el Verdadero. Estos 100 nombres, para entendernos y no liarnos demasiado, los vamos a resumir en uno: Dios.

Y Dios llamó al Ángel Miguel, que significa "el que es como Dios". Pero no le dio un nombre único, sino numerosos, y es bajo otro nombre por el que ahora se le conoce y se le invoca. Y así sucedió que Yves, Arcángel del Origen, pues de él se trata, inventó a Dios después de que Dios lo creara.

Creación de Ángeles y Arcángeles
Tras una docena de miles de años de creación caótica y desenfrenada, Dios decidió pasar a otra cosa. Los planetas se enfriaban lentamente, y la vida aparecía en algunos de ellos mediante un proceso totalmente natural. Dios se dijo a sí mismo que había terminado la primera parte de su obra, y decidió pasar a la segunda.

En el vacío de los Limbos, en la más alta de las Marcas intermedias, Dios creó una Ciudad para sus Ángeles, con el fin de que mejor pudieran obrar para Su Gloria. Esta ciudad fue bautizada (muy acertadamente) con el nombre de La Ciudad Eterna.

A su alrededor concibió los Campos Eliseos, para que los Ángeles pudieran descansar. Más tarde, cuando el hombre hizo su aparición sobre la Tierra, se convirtió en el lugar donde iban a parar los Elegidos, los humanos dignos de El, liberados de la muerte y bendecidos con la Vida.

Dios creó entonces una multitud de criaturas divinas más o menos a su imagen, o al menos a la que le había dado Yves. Su función sería servirle de mensajeros, transmitir su Palabra y ejecutar su Voluntad por todo confín y todo lugar. Les otorgó nueve nombres, para mejor diferenciarlos: Querubines, Serafines, Principados, Poderes, Virtudes, Dominaciones, Tronos, Ángeles y Arcángeles.

Entre estos nueve nombres, eligió a título general de Ángel, para no liarse demasiado.

Entre las miríadas de Ángeles creados, eligió una primera generación de Ángeles de Poder, destinados a cargar con grandes y pesadas responsabilidades:

Así aparecieron ante Su Presencia Lucifer, Gabriel, Roque, Kronos, Andromalios y Dominic. Con Yves y bajo su dirección, formaron el primer Consejo Divino.

Pronto se les añadieron Andrialfo, George, Malfás, Matías, Baal, Bifros y Jesús, todos ellos ángeles de Poder en la Ciudad Eterna. Se expandieron por el Cielo, la Tierra y los diferentes reinos, y juraron trabajar en armonía. ¿Cómo hubiera podido ser, sino? Habían sido concebidos de pura bondad, y obraban solamente por el Bien y por el Amor.

Un instante de eternidad
Tras la creación de la ciudad eterna y su poblamiento por los Ángeles, Dios pudo por fin descansar. Dejaba la Tierra en buenas manos, serias y trabajadoras.

En la Tierra, el desarrollo de la química orgánica avanzaba tranquila y lentamente. Las primeras bacterias aparecieron, seguidas de las algas, los Trilobitos, las Giospermas y, tras algunos millones de años, los dinosaurios hollaron la Tierra con su pesada planta. Pero pese a su imponente figura, su minúsculo cerebro no era capaz de distinguir a esos minúsculos animalitos peludos que devoraban sus huevos.

Y la evolución prosiguió su curso en la Tierra. Los mamíferos se colocaron en cabeza con respecto al resto de las otras formas de vida, y crecieron y prosperaron. Y por fin llegó el ansiado momento que todos esperaban: Vió la luz el hombre. O al menos, algo parecido. La verdad es que no parecía gran cosa, y él mismo no pensaba tampoco gran cosa, pero tenía un potencial tal que todos en el Cielo tenían los ojos puestos en el pequeño planeta azul. Especialmente Lucifer. Le encantaba pasarse las horas muertas viendo a esas personitas pelearse, descubrir cosas nuevas, sobrevivir. Yves era más reservado, como si supiera en qué iba a terminar todo. Y posiblemente, lo sabía.

Así, a trancas y barrancas, el hombre evolucionó lentamente bajo la mirada de los Ángeles. Sus rasgos e inteligencia se perfilaron. Las tribus que se hacían la guerra empezaron a unirse, para ir un poco más lejos. Los humanos domesticaron a los animales, para mejor aprovechar su leche, su carne, su fuerza y su calor. Y fue ese el momento que eligió Dios para despertarse por segunda vez.

Pero Dios se despertaba lentamente, mientras que los humanos evolucionaban muy rápidamente. Nació el asesinato, la violación, la guerra, en suma, nació la Civilización. Lucifer empezó a ver a la Humanidad con otros ojos. ¡Había tantas cosas que se podían hacer con los humanos! ¡Y la indolencia de Dios les estaba dejando auto-exterminarse! ¡Estaba dejando morir lo que sin duda era Su más hermosa creación, no tan hermosa como los Ángeles pero con muchísima más libertad individual! ¡Y las mujeres, eran tan hermosas!

Un mal día
Lucifer convocó entonces el Consejo Divino en sesión extraordinaria. Quería presentar un innovador proyecto con respecto a los humanos.
Y el plan de Lucifer fue la causa de su caída, o más bien de La Caída. Y eso que su idea, pese a todo, era buena: los hombres eran libres pero débiles, los Ángeles eran poderosos pero no tenían lugar sobre la Tierra. Lucifer se atrevió a proclamar su plan en voz alta, con la frente orgullosa, ante todo el Consejo divino, con Dios sentado en su trono y los Ángeles de Poder a sus pies:

Lucifer quería que los ángeles cohabitaran con los humanos para dar lugar a una raza fuerte, poderosa, mágica, que viviría para mayor gloria de Dios.

La respuesta negativa de Dios sorprendió a todo el mundo por su dureza. Que Dios rechazara la idea de Lucifer de forma tan absoluta y humillante fue una auténtica bofetada en el rostro del ángel más orgulloso del Paraíso.

Y Lucifer no pudo dejarlo pasar. Reunió a sus amigos y partidarios más fieles entre los ángeles y junto a algunos Ángeles de Poder que le apoyaron decidió ignorar la prohibición de Dios. Descendieron a la Tierra y cohabitaron con las hijas del hombre. De esta unión anti-natura nacieron los gigantes, hijos de los ángeles de Lucifer.

Dios, furioso, convocó nuevamente al Consejo, y Lucifer se vio obligado a acudir ante Su Presencia. Se le exigió que reconociera sus errores y se humillara ante Su Gloria. Ante su negativa, la ruptura fue un hecho irreparable.

La caída de Lucifer
Los Ángeles se separaron en dos bandos y se enfrentaron en el Cielo. A medida que se sucedían los combates, Dios se convenció de la gravedad de los hechos. Y alzó levemente Su Mano. Y como una bomba atómica sobre Hirosima, la guerra fraticida fue instantáneamente detenida, exilando a Lucifer y a sus legiones a través del infinito de las Marcas intermedias.

Nadie había llegado nunca tan lejos en las Marcas. Y Lucifer cayó por ellas estrellándose contra la más baja. Allí donde no había nada, solo la oscuridad y el frío, el ex-ángel de la Luz construyó en siete años su reino y su fortaleza: El Infierno y la Ciudad de Dite. La Caída lo había marcado, a él y a sus Demonios. Los menos mancillados conservaron sus alas, que ya nunca serían blancas, sino negras como la noche. A los otros les crecerían alas membranosas, sombrías y terribles.

Pero también fue entonces cuándo Lucifer descubrió que nunca había sido tan poderoso. Allí, en ese lugar que ahora podía llamar suyo, su poder no tenía igual, excepto quizá con Dios. Y se dió cuenta que El Divino, pese a castigarlo con el exilio, le había dado como presente ese poder, haciéndolo prácticamente su igual. Pero era dolorosamente consciente que lo que Dios da, también lo puede quitar.

Y así fue como empezó el gran juego, el colosal pulso entre las fuerzas del Bien y del Mal sobre la Tierra. Y la apuesta a ganar se llama Hombre.
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